«Las cosas pasan por algo»

Voy a retomar una vieja costumbre (si quiere saber qué tan vieja, diríjase acá). Reabro mi blog para vaciar aquí todo lo que requiera más de cinco tweets.

He tenido tantos fracasos en mi vida, de todo tipo y en todas las intensidades. Pero ahora voy a tratar solamente los amorosos.

Ayer estaba en una fiesta que se hizo en la antigua ubicación de un conocido bar de la ciudad y entre las muchas memorias que me trajo el lugar, recordé una ocasión que le dije a quien después sería mi pareja: «No te preocupes por mí». Y recordar eso llevó a mi mente a otras tantas ocasiones con distintas personas donde he enumerado la cantidad de problemas que suelo causar.

— Eres tu peor vendedor.— Me dijeron en alguna ocasión.
— No, a las pruebas me remito.

Todos los que se han quedado cerquita a lo largo de estos años saben que mi carta de presentación son mis defectos. Soy pésimo en muchas cosas. No sé manejar otras, y algunas cuando intento manejarlas salen mucho peor. I’m troubles. Tengo seis años de edad mental, soy necio, testarudo. Tengo Trastorno Obsesivo Compulsivo y Depresión Crónica (en tratamiento desde hace varios años). No conozco los límites y tiendo a los excesos con mucha facilidad. Tengo más vicios que cicatrices y más cicatrices que dedos en el cuerpo. Mi mente corre mucho más rápido que el promedio y cargo con demasiados secretos. He hecho decenas de cosas de las que me avergüenzo. Y al pasar de los años parece que no aprendo ni cambio.

Pero siempre lo digo por delante. Cada vez que alguien amenaza con quedarse, mi primera reacción es “Please, don’t. Why?”. Algunas personas se quedan para quererme salvar, otras, que están igual o peor que yo, para ser salvadas (y a mí me encanta andar salvando gente, a quién le dan pan que llore). Pero la realidad es que uno no puede hacer ninguna de las dos cosas.

Esto es como esa escena al final de The girl with the dragon tattoo donde por pena, por miedo, por morbo, por curiosidad, te quedas a que te cargue la chingada aún cuando te lo están diciendo.

— Y si eres todo eso, ¿por qué quieres conmigo?

Y tienen razón.

Uno no puede salvar a nadie más que a sí mismo. Eso todos lo sabemos. De sobra. Nos lo tatuamos, lo pregonamos, lo ponemos de bio en redes sociales, es igual tanto la conclusión de la conversación profunda con los amigos, como el consejo sabio que le damos a alguien en aprietos. Eso, eso todos aparentamos practicarlo a diario. A veces lo aparentamos tan bien que nos creemos con el derecho de emitir juicios sobre los demás; se nos olvida vernos a nosotros mismos. A veces lo practicamos tan fervientemente que se nos olvida que también estamos rotos.

Y aunque algunas personas no lo crean, siempre estaremos rotos. Eso no cambia. Y tampoco sirve de nada sabernos rotos si no lo aceptamos. Y no por aceptarlo vamos a dejar de estarlo. Y no es victimizarse; no por aceptarlo dejamos de ser responsables de nuestros actos. Los errores los seguiremos cometiendo, corrigiendo, tratando de evitar la siguiente vez. Repitiendo el patrón. Hasta que la gente ya no nos responde, ya no nos busca, nos ve distinto. Y sabemos perfectamente el porqué. Y entonces cambiamos de círculo social y decidimos buscar La Felicidad™ y en su lugar encontramos maneras de expiar los pecados. Pero la condena la seguimos pagando en esos momentos, cuando de la nada nos surge un «Carajo, ¿Por qué soy así?».

Aceptarlo sólo nos ayuda a decirle a las personas: —“Aquí no hay nada bueno. Y todo lo que parece bueno, eventualmente se verá opacado por lo malo. So, shu-shu.”

Y la cosa es que ahora. En esta nueva y rara etapa de mi vida, no quiero ser mejor persona. Repito: no quiero ser mejor persona. Ha llegado el momento de aceptar que no sé hacerlo, no sé serlo. Y estoy harto de intentarlo y que salga como hecho con las patas. Esta vez simplemente voy a ser lo que sea que soy: la basura que soy para los que no se quedaron; la persona complicada y compleja para los que sí se quedaron; o el «¿Cuándo vas a entender?» que mi mamá lleva repitiendo los últimos 28 años de su vida.

Mientras tanto funciono mejor solo. Sé que somos animales sociales y políticos, aún así, por ahora prefiero correr el riesgo. Funciono mejor desde aquí, sin nuevos ni viejos proyectos, sin nuevas ni viejas metas. Desde este rincón de la colonia donde leo, escribo, trabajo, «toco, juego y aprendo». Funciono mejor solo y con mis cuatro pela’os que llevan años aguantándome y dejándose aguantar.

Y sí un día ellos también se van, entonces me repetiré lo que se repiten ustedes para sentirse mejor:

«Las cosas pasan por algo».

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